Perdiste la cuenta de los tragos,
empinando los vasos.
Perdiste la cuenta de los pasos,
caminando a destiempo,
tambaleando, fingiendo.
Se te encarnó la máscara,
te hiciste el gil´
"No pasa nada,
si en el espejo sonrío,
está bien por mí"
Te olvidaste de que lo que sonreía,
era la careta.
Lamiste el fondo de los vasos
estirando la lengua.
Chupaste más de la cuenta,
el filtro no se la bancó,
vomitaste más que solo la cena,
recuerdos y dolor,
los motivos por los que te encariñaste con la careta,
cuasi-digeridos, mezclados. Inentendibles.
Y ahora querés revolver la basura,
tu propia putrefacción,
encontrar eso que se te perdió,
en el olvido, por debajo de la máscara.
Ay pibe... cuánto va a doler arrancártela...
Se te encarnó.
domingo, 27 de septiembre de 2015
Vomitar la máscara.
sábado, 26 de septiembre de 2015
El pico del tiempo
Había emprendido su viaje con un solo fin: devolverle el gorro de lana que ella había tejido con sus propias manos. Su memoria estaba entregada por completo a una sola escena. Sus manos, sus muñecas, su cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda, media sonrisa y la lágrima que resbalaba por su mejilla, comprendiendo la totalidad, la alegría del encuentro, del amor, y la tristeza de la partida, la despedida. Con aquel gorrito también le entregó sus últimas palabras, “Vas a venir a mi casa en el sur para traérmelo, y concretar el beso, y nuestros sueños.”
Era un viaje largo, pero hay quienes dicen que la meta es cada centímetro del recorrido hasta el final. Por eso él había decidido viajar a dedo, visitando en el medio los lugares a los que su espíritu lo empujaba a ir, ver aquel paisaje que yacía en su interior, revelado en un sueño epifánico y por el cual sentía una insoportable curiosidad cada vez que pensaba en él.
Las aventuras que atravesó hasta llegar, son verdaderamente irrelevantes, y por más sustanciales e intensas que fueren, no se comparan a lo que vivió una vez que llegó al tan famoso "Pico del tiempo", donde se había enterado, después de su sueño, buscando información y escuchando los mitos folclóricos que giraban en torno al lugar, que allí sucedían cosas extrañas e inexplicables. Creíbles solo para aquellas personas que habían visitado la tan legendaria montaña.
La sensación que tuvo al llegar ha de ser irreproducible. El ver el portal con aquellos postes, y el cartel, idénticos a los que vio en su mundo onírico, la piel de gallina y el mismo hiel recorriendo sus venas, entumeciendo sus huesos. La curiosidad que lo empujaba a entrar, jamás le hubiese permitido dar la media vuelta, por lo que hizo de tripas corazón, se acomodó el gorro en son de cábala, y avanzó con el coraje de los soldados adentrándose al campo de batalla. El panorama se puso más tétrico aún, cuando al llegar al puesto de guardia del pico, se encontró con una ambulancia en la que subían una camilla, con un cuerpo, tapado hasta por arriba de la cabeza, y algunas manchas de sangre desparramadas sobre la sábana que lo cubría.
-¿Qué pasó?
-Se cayó de de la montaña. Se debe haber tropezado o algo parecido, porque si bien es peligroso andar por arriba, los caminos están bien cuidados y están cercados...
Conmocionado, siguió en su expedición camino a la cima. Sumido en los pensamientos disparados por la fatalidad de lo que habían encontrado sus ojos, le resultó inevitable caer en cuestionamientos existencialistas. ¿Había acaso un destino que lo llevó a estar en ese lugar en el preciso momento en el que sacaban un cadáver? Claro, esto habría podido pasarse por alto, de no ser que el motivo por el cual el decidió pasar por el pico, eran sus sueños misteriosos y recurrentes. ¿Cuál era el sentido de estar allí? ¿Qué es lo que el universo quería enseñarle? ¿Había acaso que hacer caso y si quiera, algo que aprender? Fuere lo que fuere, en el fondo sabía que todos los caminos confluían en un solo punto, lo que más alimentaba su ansia de moverse y darle sentido a su vida, yacía ahora a nada más que 300 kilómetros, encerrado, ardiendo en el cuerpo de una mujer.
Siguió andando, cuesta arriba, y el camino sí que empezaba a volverse un tanto peligroso. La base de la montaña estaba ahora a unos 1500 metros de altura, y el sendero por el cual había que ascender, era prácticamente una cornisa. Los costados de la montaña eran muy empinados, casi una pared, por lo que cuando se llegaba a un ángulo, un giro, no se podía ver lo que había más adelante. Sentía de a momentos que estaba caminando directamente hacia el vacío, si no fuese por el vallado que cercaba los límites de la senda. Así, por una de las esquinas a las que se acercaba, se fue sumando al cuadro, un árbol, y en una de sus ramas, enredado, un gorro idéntico al que él llevaba, el regalo de su amada. La inquietud generada por la curiosidad, se apoderó inmediatamente de sus piernas, obligándolo a acelerar el paso, pero solo hasta haberse acercado lo suficiente como para que el paisaje revelara el resto del espectáculo.
El tiempo se detuvo, sus huesos se volvieron de hielo. Vió allí a un muchacho, trepando al árbol para rescatar la tan preciada prenda, y lo más tétrico fue que... sí... era idéntico a él. Las mismas vestimentas, la misma barba crecida con su viaje, el mismo corte de pelo, y el lunar característico al borde de su ojo izquierdo. Y entonces aquél que estaba escalando al filo del precipicio, bajo su mirada para toparse con la misma sorprendente circunstancia, pero en el susto y el espasmo de la exaltación, resbaló, alcanzó a agarrarse de una rama, pero esta instantáneamente cedió, dejándole caer al vacío.
El que estaba seguro en el sendero, abrió tanto sus ojos por la sorpresa, que parecía que nunca quisiese volver a cerrarlos. Llevo sus manos a su cabeza, desesperado, queriendo asegurarse de que su gorro seguía allí, pero solo se encontró con sus cabellos.
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